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Story 

Jose's reality

Jose is a thin man with long hands. He is 47 years old and has a gray beard. He speaks very little, but the people of the town know that he is not mute because they have heard him sing.

Jose has always lived where he was born.

In October 2021, Jose lost his right leg when he stepped on an antipersonnel mine that the armed groups planted near the school. It shocked the whole community." 

Days earlier, fighting had broken out around the village and most of the residents had to leave their homes. They went down the river to seek shelter in a nearby town.

Hoy, veintidós años después, el hijo de Ramón, también de siete años revive la pesadilla: también se desplazó para salvar su vida.

“En el 2002, yo era un niño, así como lo es hoy mi hijo. Cuando salimos desplazados, perdimos seres queridos, perdimos todo. Si a esto no se le pone un alto [al conflicto armado], también lo vivirán mis nietos” explica Ramón*.

They moved to

avoid being caught

in the crossfire.

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When the fighting stopped and they were able to return, they found that the surrounding territories had been mined. “Walking outside the village can even lead you to death, the mines are hidden and any person or animal can activate them”, said a villager.

Jose grew up with his father and brother. When he was seven years old, he had meningitis, which left him mute for several months. He did not receive adequate assistance and the consequences are permanent.

A neighbour affirms that he enjoys eating, he likes mainly rice, chicken, yams, cassava and plantain. Food makes him happy.

Unlike the other people who decided to move, Jose stayed during the fighting and walked up and down in search of food.

The day of the mine accident, some people saw how he took the path near the school, heading to the mountain. Shots were heard in the air to warn him to stop as he was heading towards a mined area.

He didn't react and continued.

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Huir bajo la sombra del miedo

Several people heard an explosion from their homes, just as they had heard the shootings a few months ago and when they went out to look, they were already carrying Jose to the town. The explosion left him dazed.

“It is difficult to have to run while carrying a neighbour who has stepped on a landmine. I had to live it. I took the gentleman to the municipal seat. They were able to take care of him, but his leg had to be amputated,” said one of the residents who helped during the accident.

There is no hospital in Jose’s community, so his brother and the villagers took him to the nearest urban area. Five days later he was able to return to the village.

 

After this, the community avoided certain places for fear of landmines. Young people stopped playing soccer and several farm labourers stopped going to work on their crops so as not to suffer the same fate as Jose.

The local

girls and boys

have already learned that they can no longer go to the village’s hill to play.

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La vida Wiwa en el albergue

When the people of the village see a strange item buried in the ground, they fear it might be an explosive. "I'm not afraid of gunshots, I'm afraid of explosives", said one young man.

A man close to Jose told us: "for us, it is very sad because in the scourge of the conflict, innocent people always end up paying for it."

"I'm not afraid of shots, I'm afraid of explosives"

Today, Jose lives alone in a rustic wooden house, where the community assists him with care and food. He hopes for more help from the government, including a wheelchair. He spends his days in uncertainty just like the rest of his community.

Thanks to the generosity of the European Union, Jose and his neighbours received food and health support. The community participated in activities to prevent accidents with anti-personnel mines and also received advice on good hygiene practices.

You can continue helping people like Jose and others affected by the armed conflict in Colombia. Share and make this story visible.

En su tierra natal, las personas Wiwa van con su ropa tradicional blanca, cinturones rojos y mochilas; cultivando comida o cazando en la Sierra Nevada donde nacen varios ríos.

“Allá vivíamos al aire libre, teníamos el agua, teníamos las plantas medicinales, teníamos nuestra comida tradicional, teníamos nuestros animalitos, no estábamos restringidos como aquí” cuenta Ramón.

Las condiciones de vida, día a día se hacen más difíciles.

 

Ramón y su esposa nos cuentan que varios niños, entre esos sus hijos y algunos mayores se están enfermando a causa de la comida, el agua, el clima y el encierro lejos de su tierra natural. “Yo como madre realmente pienso que a veces se me van a morir mis hijos, encerrados aquí. Nosotros teníamos nuestras plantas medicinales, pero aquí no tenemos nada” dice Cindy.

El intenso calor del lugar donde llegaron y la imposibilidad de acceder a sus medios de vida que están a kilómetros de distancia les hace sentirse en riesgo de perder sus tradiciones “Aquí estamos disfrazados.

 

Muchos vestimos con ropa que nos han regalado porque muchos no pudieron traer más que la ropa que llevaban puesta” explica un hombre mayor de la comunidad.

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La ruptura espiritual

“No solo estamos desplazados en el cuerpo, sino también en el espíritu. Hay una interrupción abrupta del trabajo espiritual.

 

Al sacarnos o al matar a nuestros ‘mamos’ [líderes espirituales], también están matando parte de la Sierra Nevada” nos cuenta Loperena, indígena Wiwa que representa los derechos de las mujeres de su comunidad.

 

Loperena explica que en el momento que nacen, la placenta de cada Wiwa es enterrada y a ese lugar deben llegar a hacer ‘pagamentos’ —ofrendas de agradecimiento— durante toda su vida.

Su conexión es tan grande que, como consecuencia de la masacre del 2002, la naturaleza también respondió.

“La Madre Tierra cobró toda esa sangre que se derramó. Hubo una avalancha incalculable que arrastró los árboles, hasta lo más grandes. Tenemos que hacer nuestros pagos espirituales para que no nos vuelva a pasar algo semejante esta vez” Loperena.

Su preocupación por el desplazamiento actual es profunda: una segunda ruptura espiritual y con ella, la pérdida de sus tradiciones y la misma la naturaleza de la Sierra Nevada.

“La Madre Tierra cobró toda esa sangre que se derramó. Hubo una avalancha incalculable que arrasó los árboles, hasta los más grandes.”

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Un albergue temporal

Durante el desplazamiento, el consorcio MIRE+ y gracias a la financiación de la Unión Europea, La Oficina para la Asistencia Humanitaria de USAID, la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID) y la Agencia Suiza para el Desarrollo y la Cooperación (COSUDE), se brindaron ayudas alimentarias con la entrega de 134 paquetes de comida familiares para complementar la asistencia brindada por el estado.  

Adicionalmente, se promovieron conocimientos sobre nutrición para mejorar el bienestar de la comunidad dentro del albergue.

 

Ramón, su familia y toda la comunidad, continúan en la lucha por el bienestar de su pueblo. En medio del desplazamiento, continúan manteniendo su lengua y tradiciones mientras sueñan con un retorno digno a su tierra natal.

«Mi sueño es que esto pase y que algún día podamos regresar a nuestro territorio a vivir una vida sana, tranquila y en paz» nos dice Cindy. Mientras tanto la ayuda de la cooperación internacional continuará aliviando sus necesidades para tener fuerza para cuando sea posible volver a su territorio.

 

* Nombres cambiados por protección de identidad

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